12 junio 2020

Hubo una vez muy larga en que el cuerpo fue cuerpo. Había besos y caricias y en la piel el sudor formaba un rosario de perlas.

La intensidad de un apretón de manos medía la diferencia entre una amistad y un compromiso, los olores del otro aterrizaban en la punta de la nariz indicando éste o aquel secreto, incluso todavía el lenguaje corporal significaba algo en lo más hondo de nuestro instinto. La mutación llegó poco a poco, sin hacer demasiado ruido, vestida de Spectrum y Game Boy.

Al principio, lo digital funcionaba psicológicamente como un cómic o una novela. El niño proyectaba en aquellos píxeles sus constelaciones sin comprender el camino que iniciaba.

Tres décadas después, la imaginación ha dejado de existir. Facebook e Instagram, Snapchat y Youtube, Netflix y HBO han devorado al libro. El libro era el surtidor, la planta petroquímica de un estado vital y emocional donde las palabras importaban y el urdirlas importaba aún más. Sin ese caudal, el cuerpo se ha resentido, la vida se ha trasladado a la pantalla y el amor se ha mercantilizado.

Tinder no es la promesa de un final feliz sino la expectativa del consumismo aplicada al corazón.

Para salvar la anatomía primero hay que rescatar la imaginación: mens sana in corpore sano.

Los cuerpos han desaparecido en el tifón de las pantallas y el distanciamiento, pero
todavía son recuperables.

¿Cómo podemos deshacer ese trayecto en una etapa donde el distanciamiento se agrandará? Desde luego, sin volvernos contra la tecnología, depositaria de muchas bondades (entre ellas el teletrabajo que me permite ahora redactar estas líneas desde un rincón remoto). Quizás los codos sean los nuevos labios, pero es necesario ir más allá en el rearme del tacto. Potencialmente, la tecnología es un aliado en favor de cualquiera de las causas que escojamos. Ahí está Micuento, la startup cofundada por Muriel Bourgeois y Javier Falcó, una rareza del ecosistema puesto que su producto es el papel aunque baile el vals del algoritmo: en Micuento los padres disponen de hasta un millón de combinaciones para personalizar historias universales o de nuevo cuño, de modo que el libro que los hijos reciben es en realidad una pieza única de orfebrería literaria.

Así que ya hemos recuperado el libro, es decir, la imaginación, pero todavía nos queda desdigitalizar los cuerpos. Para lograrlo debemos viajar a los confines de la mente, que es la casa del paradigma, del modelo, de la inercia que dicta que una anatomía vive, duerme, respira bien a mil ochenta píxeles.

Tenemos que convencerla de que el paisaje puede más que una recreación virtual. Y para hacerlo existen diversas fórmulas, algunas de lo más revolucionario.

Está el Paseo Mínimo Vital (PMV) al menos una vez al día y en entornos alejados del tráfico. Disponemos del Fondo de Observación y Reflexiones (FOR), consistente en dejar que la mente vuele sin brújula y nos conduzca allá donde ella quiera a través de la mera contemplación (nótese que el FOR es perfectamente compatible con el PMV). Existe asimismo el Instituto de Conversación Oficial (ICO), fábrica de empatía y bienestar donde el oyente se transforma en parlanchín, y viceversa, en una cadencia pendular y prorrogable (el ICO es aplicable junto al PMV y el FOR). En un peldaño superior de compromiso destaca la Liga de Nadadores, Corredores y Ciclistas (NCC), redundante con el PMV y combinable en diversos grados con el FOR y el ICO. Finalmente, en la cumbre del contacto no íntimo, centellea como un Everest la

Compañía de Canes y Otras Mascotas (CCOM), que es el abrelatas de las almas embotadas.

De esta forma llegamos a la casilla inicial del nacimiento, la luz, la matrona, las tijeras que cortan el cordón umbilical y el regazo de una madre. Y desde ahí saltamos a los primeros besos en la mejilla, a los achuchones, abrazos, pescozones y collejas, y más adelante a las manos entrelazadas y a los ojos entrecerrados en un jardín de primavera donde huele a azahar, y al tacto húmedo de un acto modesto que significa muchas cosas y que ninguna computadora podrá replicar.