13 junio 2020
En España se da el extraño fenómeno de que existen más escritores que lectores. La lógica literaria enseña otra cosa: para escribir bien no bastan los genes; los libros son las mancuernas que a diario tonifican nuestras palabras. A lo largo de los años, en los diferentes cursos que hemos impartido, explicamos esta premisa. Después hay mucho más, aunque el camino del creador sea siempre libre y en consecuencia infinito.
No hay un método sino tantos métodos como individuos. Unos teclean con la radio a toda mecha, otros garrapatean en un cuarto oscuro. Los pormenores no importan. La constancia es la constante bajo cualquier circunstancia. A partir de ella crece el árbol del relato. A veces (a menudo) basta una idea casi desnuda, una imagen en los huesos, y entonces la mente, si está conectada, encuentra el alimento. Ésta no es una actividad para contables. Si bien necesario, el orden no es la clave de la armonía. De la semilla original partirán raíces y ramas y no siempre seguirán el camino planificado. Así se desliza una primera pista sobre la autenticidad del relato. Si escenarios y personajes se emancipan del autor viviendo sus propias tramas, nuestra obra ya es un ser vivo.

Cientos de empresas pierden oportunidades por ignorar el poder de la creatividad

¿Qué sería de Apple sin un estupendo equipo de escritores detrás?

Yo utilizo el método post-it. Alrededor de la idea matriz orbitan ideas satélite que medito y amplifico con paseos, deporte y contemplación. Más tarde asigno a la novela un número aleatorio de capítulos (el contable que anida en mi interior) y a cada capítulo una extensión aproximada. Con esta pequeña treta desmitifico la distancia que separa el prólogo del epílogo y cubro etapas menores al modo de los budistas (la vida es el trayecto, no la estación final).

Todo son elecciones. Los protagonistas, la coralidad de la historia, los saltos temporales, el peso de los diálogos. También es posible modular el estilo, aunque esta premisa exija un virtuosismo elevado. Carver escribía como escribía porque quería, no porque no pudiese parecerse a Chéjov. Luego están los géneros, los contextos, los paisajes. Y el ritmo, crítico porque sin cadencia el lector se desanima, y nunca ha habido tantos alicientes para el despiste: pantallas, redes, aplicaciones y tecnocaprichos atiborran nuestras mentes hasta convertirlas en zepelines sin rumbo.

Muchos observan la escritura como un proceso de depuración similar a la psicoterapia. Exorcizar demonios, escurrir conflictos al sol de un siglo menos duro de lo que parece.

Otros desdeñan dicha actividad por considerarla paupérrima, y de hecho tienen razón: los novelistas, igual que los fotógrafos, los escultores, los pintores o los poetas, son artesanos sin algoritmo. Pero no nos engañemos: tras las letras se oculta un enorme valor añadido. Las empresas necesitan relatos que alumbren sus productos y servicios en la misma medida en que sus líderes necesitan transmitir valores que vuelen mucho más alto que sus capacidades. Quienes superan el tic despreciativo ensanchan y alargan su autopista de oportunidades. Las campañas de Apple son líricas desde la banda sonora hasta el lema triunfal.

Usted, ilusionado emprendedor del universo startup o inveterado centurión del Íbex 35, considera demasiado a menudo que escribir está chupado, que puede hacerlo cualquiera, que el narrar es propio de subalternos. Y sin embargo casi nadie sabe escribir porque casi nadie lee, y esta doble carencia limita sus posibilidades de negocio por el influjo de una estupenda paradoja: es el escritor paupérrimo el que puede ayudarle a crecer contando mejor que nadie qué hace su equipo, por qué y cómo lo hace, y cuál es la misión que embellece su propuesta hasta convertirla en una necesidad para un consumidor cada vez más despierto, sensible y consecuente.