2 junio 2020

Vivimos en la separación de los cuerpos. Espere usted allí, póngase la mascarilla, desinféctese las manos. Esta distancia física ha generado a la vez una distancia emocional. Nuestras calles se han transformado de la noche a la mañana en un bazar oriental donde todo es un velo. Así que ahora son los ojos los que mandan y hemos de reaprender los secretos del lenguaje corporal a través de una nube de cejas, pestañas y párpados. En el desierto siempre cabe una gota de romanticismo.

Esta estrategia profiláctica, consensuada a lo largo y ancho del mundo como retén para evitar males mayores, responde al sagrado mandato de la conservación de la especie. Aunque el capitalismo haga girar sus molinillos sin descanso, de cuando en cuando queda relegado en importancia a la misma humanidad que le dio vida. Durante estos meses de confinamiento, nos hemos repensado. Se trata primordialmente de un ejercicio económico donde lo analógico pierde fuerza en favor de lo digital y donde las empresas trabajan en plataformas y herramientas que garanticen su normal funcionamiento contra viento y marea. Junto a esta capa de supervivencia comercial, que denominaremos Algoritmo o Muerte, ha surgido otra más débil cuya raíz parte de un pensamiento inquietante: quizás la Tierra esté pidiendo ayuda.

Quizás la Tierra esté pidiendo ayuda.

Son los ojos los que mandan y hemos de reaprender los secretos del lenguaje corporal

Para explicar por qué la capa telúrica pesa menos que la capa financiera basta con señalar un pasmoso desequilibrio. Los humanos suelen asimilar el principio de igualdad entre individuos de diferentes razas, credos y condiciones, pero se muestran incapaces de aplicarlo en relación con una realidad superior (el planeta) integrada en otra realidad superior (la galaxia) integrada en otra realidad superior (el universo). Un virus constituye sin duda una amenaza. El actual combina dos de los elementos más temibles en cualquier enemigo: velocidad e invisibilidad. Pero la Tierra, visible a años luz y más potente y vibrante que todos los dioses del Olimpo y todas las leyendas y mitos y religiones y movimientos ilustrados forjados durante siglos, no nos asusta en su declive a pesar de que ese declive, si degenera en colapso, acabará con nosotros.

Existe, sin embargo, una fabulosa oportunidad para la tecnología. Inteligencia artificial, robótica, machine learning o big data no son unidireccionales. Que multipliquen las opciones de riqueza de la mayoría de compañías del mundo no significa que no puedan aplicarse en favor de la sostenibilidad y el bienestar colectivo. 

Flash Forest, por ejemplo, es una startup canadiense que utiliza drones para replantar vastas superficies de bosque erosionado. La ecoetiqueta se abre paso en la moda, la alimentación, el diseño industrial e incluso el turismo en una tendencia que ganará cuerpo al ritmo de diferentes catástrofes naturales o inducidas. No sería de extrañar que, en sintonía con este modesto despertar de conciencias, las escuelas de negocio analicen la materia en orden a optimizarla. Se trata en definitiva de posicionar una marca según el espíritu del tiempo.

Interesante será averiguar qué papel quieren jugar en esta partida los emprendedores. En cierta forma, emprender es como escribir una novela o rodar una película. Uno establece las normas, el carácter de sus criaturas, el hilo que ha de conducir a un desenlace victorioso, y en este proceso goza de un enorme grado de libertad, si no en la parte contable, sí en la filosófica. Un señor del alto círculo tecnológico comentaba hace unos días que el emprendedor es el héroe contemporáneo de la clase media trabajadora. Nunca contará con mejor ocasión para demostrarlo.